¿Crees
en el amor a primera vista? Porque yo ni siquiera creo en el amor...
Creo, más bien, que nos encanta etiquetarlo todo. Etiquetamos las relaciones personales, etiquetamos las culturas, etiquetamos los sentimientos… Parece como si tuviésemos que tener todo claro en el momento preciso.
A la mayoría del mundo, no le gusta notar esa sensación de incertidumbre ante nada. Tienen que saber: cómo, cuándo, dónde, por qué, con quién, para qué…
¡Y a mí que más me da todo eso! Con estar con los pies en la tierra y saber aprovechar el momento, creo que es suficiente. Creo que hay que vivir cada segundo siendo consciente de todo, del tiempo, de los olores, de lo que sentimos cuando nos roza un mínimo suspiro del otro, grabarnos en la mente cada risa y cada abrazo, y cada mirada complaciente.
A veces puedes levitar un poco, pero sin ascender demasiado, no vaya a ser que te caigas de golpe y aparezca el daño. Eso sí, por éste, nadie pregunta; todos sabemos lo que es, en cualquier aspecto de la vida.
Volviendo a eso del amor…
Lo que yo creí en su día que era amor, fue lo más irreal que he vivido nunca. Puro idealismo sin sentido.
Hasta que un día, caí en la cuenta, de que todo estaba en mi cabeza. No podía estar en mi corazón, porque nadie se había abierto paso para entrar en él, nadie había luchado contra toda esa maraña de espinos y, sangrando, había llegado hasta lo más profundo de mi ser.
No estoy convencida de que el amor exista o no. Lo que sí tengo cada día más claro, es, que son meros caprichos vividos con más o menos intensidad, dependiendo del momento vital en que nos pille.
Caprichos, afecto, momentos compartidos y un cúmulo de cosas, que nos hacen llegar a creer que estamos enamorados.
¿O quizás el amor sí exista?
Quizás no soy una escéptica, y sea otra humana más, que cae en el error de etiquetarlo todo.
Puede que haya varios tipos de amor: el amor a primera vista, ese que desde que él entra por la puerta, tu vida cambia para siempre, sin la posibilidad de volver atrás y sin poder evitar hacer como que nada hubiera cambiado. Y ese otro amor, que se va formando con el paso del tiempo más ese cúmulo de momentos compartidos de los que hablaba antes.
Por eso no entiendo el concepto del amor. No sé si soy la única rara del planeta que duda sobre esto, mientras el resto de mortales se hinchan a tripis y flipan con esto de conocer a la media naranja… o es que soy una loca romántica, tan frustrada con mis propias vivencias, que no sé reconocer el verdadero amor.
A partir de ahora, voy a ir por la calle, presentándome a los tíos:
- “Hola, soy doña Escéptica y busco a mi media naranja.
¿Crees que podrías ser tú? ¿Quieres que pasemos un tiempo juntos, autoengañándonos de que lo nuestro tiene futuro?”.
- “No. Gracias, lo estoy dejando”.
Creo, más bien, que nos encanta etiquetarlo todo. Etiquetamos las relaciones personales, etiquetamos las culturas, etiquetamos los sentimientos… Parece como si tuviésemos que tener todo claro en el momento preciso.
A la mayoría del mundo, no le gusta notar esa sensación de incertidumbre ante nada. Tienen que saber: cómo, cuándo, dónde, por qué, con quién, para qué…
¡Y a mí que más me da todo eso! Con estar con los pies en la tierra y saber aprovechar el momento, creo que es suficiente. Creo que hay que vivir cada segundo siendo consciente de todo, del tiempo, de los olores, de lo que sentimos cuando nos roza un mínimo suspiro del otro, grabarnos en la mente cada risa y cada abrazo, y cada mirada complaciente.
A veces puedes levitar un poco, pero sin ascender demasiado, no vaya a ser que te caigas de golpe y aparezca el daño. Eso sí, por éste, nadie pregunta; todos sabemos lo que es, en cualquier aspecto de la vida.
Volviendo a eso del amor…
Lo que yo creí en su día que era amor, fue lo más irreal que he vivido nunca. Puro idealismo sin sentido.
Hasta que un día, caí en la cuenta, de que todo estaba en mi cabeza. No podía estar en mi corazón, porque nadie se había abierto paso para entrar en él, nadie había luchado contra toda esa maraña de espinos y, sangrando, había llegado hasta lo más profundo de mi ser.
No estoy convencida de que el amor exista o no. Lo que sí tengo cada día más claro, es, que son meros caprichos vividos con más o menos intensidad, dependiendo del momento vital en que nos pille.
Caprichos, afecto, momentos compartidos y un cúmulo de cosas, que nos hacen llegar a creer que estamos enamorados.
¿O quizás el amor sí exista?
Quizás no soy una escéptica, y sea otra humana más, que cae en el error de etiquetarlo todo.
Puede que haya varios tipos de amor: el amor a primera vista, ese que desde que él entra por la puerta, tu vida cambia para siempre, sin la posibilidad de volver atrás y sin poder evitar hacer como que nada hubiera cambiado. Y ese otro amor, que se va formando con el paso del tiempo más ese cúmulo de momentos compartidos de los que hablaba antes.
Por eso no entiendo el concepto del amor. No sé si soy la única rara del planeta que duda sobre esto, mientras el resto de mortales se hinchan a tripis y flipan con esto de conocer a la media naranja… o es que soy una loca romántica, tan frustrada con mis propias vivencias, que no sé reconocer el verdadero amor.
A partir de ahora, voy a ir por la calle, presentándome a los tíos:
- “Hola, soy doña Escéptica y busco a mi media naranja.
¿Crees que podrías ser tú? ¿Quieres que pasemos un tiempo juntos, autoengañándonos de que lo nuestro tiene futuro?”.
- “No. Gracias, lo estoy dejando”.
Es
bastante contradictorio todo…
Me
empeño en negar la existencia de un amor del tipo que sea, pero, al mismo
tiempo, no puedo vivir sin plantearme continuamente qué narices es. Qué es lo
que se siente realmente, si lo que yo siento o he sentido, significa algo. Si
cada persona que dice estar enamorada, tiene un sentimiento distinto, y como no
es algo palpable, no hemos caído en la cuenta de que cada uno de nosotros
percibe sensaciones distintas…
No hay comentarios:
Publicar un comentario